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“Enredados”: El año de las redes sociales

Una de las cosas que nos deja este convulso 2011 que termina, ha sido el protagonismo que han cobrado las redes sociales, capaces de cambiar el rumbo de los acontecimientos, ayudar a derrocar gobiernos (como Egipto o Túnez), llenar de indignados las plazas en toda España, o impedir un intento de intervención de la televisión pública. Y es que durante este año, nos hemos acordado de los postulados de las sociedad en red de Manuel Castells.

De lo que no cabe duda es que las redes sociales están cambiando el funcionamiento de los medios de comunicación de masas, avisando de lo que sucede fuera de los focos, marcando los asuntos de interés y convirtiendo a la audiencia en protagonista de la agenda de los medios y no al revés.  El último ejemplo lo vimos hace unos días, cuando una noticia de hace seis años se convirtió en la noticia más vista del día en la edición digital de El Pais, lo que suscitó un interesantísimo debate acerca de las implicaciones que este hecho puede tener sobre la información periodística y la tradicional configuración de la agenda de temas de actualidad (agenda-setting) atribuida a los medios.

El mundo de la publicidad y el marketing ha empezado desde hace un tiempo a reconocer el poderío de las redes para ensalzar o derribar la reputación de una empresa. Profesiones como la de Comnunity Manager comienzan a ser bien conocidas y demandadas, y los anunciantes se enfrentan, como en el caso de La Noria, al juicio de unos espectadores cada vez más reacios a permanecer pasivos.

Las redes se han rebelado además este año como una forma nueva, rápida y segura de organizar revoluciones que a la postre pueden acabar con autocracias firmemente asentadas.  El activismo es ahora “ciber”: “coaliciones de personas a través de las aplicaciones que existen en la web, para generar el suficiente debate y masa crítica para que trascienda la red y salga a la calle” como afirma Anna Garcia Sans en su artículo.  Más que un generador de las protestas, las redes han sido un poderosísimo altavoz que ha permitido a los ciudadanos ver su propia fuerza y unión: “por Twitter se ha retransmitido la revolución en directo minuto a minuto, por YouTube se han visto las imágenes que ninguna televisión conseguía captar o se atrevía a emitir” asegura Dolors Reig, asesora para la construcción de estrategias de presencia en Internet. 

Los políticos, no ajenos a este poder de la web 2.0., poder que en más de una ocasión han sufrido en sus propias carnes, han intentado sacar partido con fines tanto electorales como de imagen. El problema es que su poca comprensión del funcionamiento de estas herramientas, así como de su esencia compartida e igualitaria, ha hecho que muchas veces su paso por redes sociales haya sido el de un elefante en una cacharrería.

Pero frente a los apóstoles que aseguran las bondades infinitas de las redes, ocupan un papel también destacado los críticos o los escépticos que ven que el potencial de dichas redes puede ser también utilizado con fines interesados y mezquinos.  El componente líquido, horizontal y por qué no decirlo, abiertamente emocional de la red 2.0 permite la rápida conducción de embustes o de mentiras interesadas, si bien está en tela de juicio la idea de que precisamente su carácter público y universal de su uso permitiría la propia autorregulación de la misma.

También están aquellos, entre los cuales me cuento, que creen que por mucho que las redes hayan allanado el camino de la movilización y el consenso en tiempo real, dichas revoluciones no se vuelven poderosas y efectivas hasta que no “bajan” a la plaza física.

Con todo esto no quiero decir que las redes sociales no sean un elemento movilizador de primera magnitud, es sólo que creo que son fuertes en la medida en que existen otras “redes” offline organizadas que saben utilizarlas para sus fines.  Como afirma Christakis en su artículo: “el número de relaciones no es lo que importa en línea, sino su naturaleza y su calidad”.  Como la vida misma.

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Egipto: Una revolución inacabada

Nueve meses después de la histórica revolución que derrocó a Hosni Mubarak, Egipto renueva los fantasmas de una revolución no terminada.  La plaza de Tahrir volvió a bullir a pocos días de las primeras elecciones democráticas mientras los ciudadanos se enfrentan a un futuro lleno de incógnitas y a la tutela de dos poderes de facto: el ejército y los Hermanos Musulmanes.

Después de las manifestaciones en Tahrir que acabaron con una dura represión y más de 39 muertos según fuentes oficiales, pocos esperaban que unas elecciones cuyo desarrollo pocos entienden y organizadas de forma caótica, fueran a tener el éxito que han demostrado, alcanzando en las ciudades donde se convocaron el 70% de la participación.

Y es que, pese a las muchas dudas que asaltan a una revolución que el ejército pretende guiar y los Hermanos Musulmanes capitalizar, la gente en Egipto desea vislumbrar el final de el largo tunel de represión y falta de libertades sufrido tras sesenta años de dictadura militar.  No parece importar tanto cómo se llegue, sino que se consiga llegar.

Sin embargo, el peligro cierto de que por el camino se caigan algunas de las reivindicaciones de Tahrir, lleva a muchos a desconfiar de la voluntad de Mohamed Tantaui, mariscal jefe de las fuerzas armadas, de ceder el poder en junio de 2012, una vez sea elegido por las urnas el presidente de Egipto, en la última fase del proceso constituyente que hoy se abre.

La razón para estas sospechas está en un documento presentado a principios de noviembre, que contenía la idea de que el ejército mantendría en el nuevo estado su independencia y prerrogativas supraconstitucionales, lo que le convertiría de hecho en un cuarto poder sin necesidad de rendir cuentas al Parlamento en cuanto a su presupuesto o en cuanto a cuestiones militares como la declaración de la guerra.  Sería, pues, un árbitro de los gobiernos, algo parecido al papel del ejército en la Turquía a comienzos de siglo, en la doctrina que se conoció como Kemalismo. Por su parte, en un reciente informe, Amnistía Internacional ha criticado duramente al consejo militar, afirmando que desde la caída de Mubarak las violaciones de derechos humanos y los juicios injustos no han hecho sino aumentar.

La otra gran incógnita es el papel que estarán llamados a realizar los Hermanos Musulmanes en el futuro, después de que casi todas las quinielas les supongan ganadores por amplia mayoría en las elecciones.  Es importante destacar que con dicha mayoría en la Asamblea Popular serán ellos los principales encargados de redactar una nueva constitución y será entonces cuando se podrá saber hasta donde llegan sus aspiraciones democráticas.  Al respecto, los islamistas han intentado tranquilizar, afirmando que no desean más religión que la que ya contemplaba la constitución, y que defenderán un estado láico, si bien, gobernado por la sharia, o ley islámica, lo cual no deja de ser un contrasentido.

En cualquier caso, las elecciones avanzan en una extraña simbiosis entre un ejército que necesita a los Hermanos Musulmanes y a los islamistas más moderados para justificar ante las minorías cristianas y láicas su papel de protector, y unos islamistas que necesitan al ejército para que el largo y complicado proceso electoral se complete con éxito, sabedores de que las urnas les otorgarán el poder político.  Entre tanto, el mundo observa con atención a un país que, dependiendo del giro que tome, puede cambiar por completo el equilibrio de fuerzas en un área tan inestable como es Oriente Próximo.