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de actualidad

Siria: Dos preguntas

La situación siria ha entrado en un callejón sin salida. Cuando se cumple el primer aniversario del levantamiento popular inspirado en la primavera árabe de Túnez y Egipto, el régimen de el Assad está decidido a resistir a cualquier precio, no dudando en sacar la artillería pesada para aplastar las revueltas que tienen su epicentro en Homs. Mientras, la comunidad internacional asiste impotente debido en parte al veto de China y Rusia de cualquier intervención militar. ¿Hay algo más que se pueda hacer? ¿Llegarán a tiempo las fuerzas de la ONU de evitar una guerra civil, que algunos consideran que existe ya de facto?

“Siria no es una primavera. Siria es, sobre todo, un tablero en el que se libra una partida que afecta a toda la región. En un bando se encuentran Arabia Saudí, las monarquías del golfo y Turquía (además de EE UU y la UE); en el otro, el régimen de Bashar el Assad, Irán, Hezbolá y Hamás…”

Así comentaba Ramón Lobo la situación siria en su blog para mostrarnos el complejo entramado de intereses estratégicos que se ponen en juego en torno a la cuestión siria y que ponen en jaque cualquier tipo de solución unánime y pactada por parte de las partes implicadas. Para comprender bien las dificultades, es necesario conocer tanto la situación interna del país, con una revuelta que presenta muchas dudas, como la situación de los países de la región, ya que todos se juegan algo en el futuro de Siria.

Y es que la situación en Siria se puede sintetizar a grandes rasgos intentando responder a dos preguntas clave:

¿Cuándo se le podrá llamar guerra civil al levantamiento que está sufriendo Siria?

En Siria nos encontramos con dos rebeliones paralelas: por un lado, la resistencia pacífica que viene utilizando técnicas bien conocidas de desobediencia civil ya utilizadas en Túnez y Egipto, como  las manifestaciones fugaces y espontáneas en diferentes puntos del país, y por otro lado, la rebelión armada, compuesta en gran medida por desertores del ejército, organizada en torno al Ejército Libre Sirio (ELS). La segunda forma de rebelión, consecuencia de la insuficiencia de la primera para lograr sus objetivos, va ganando adeptos día a día y hace temer que en el país estalle una guerra civil abierta.  Otros consideran que esta guerra ya ha empezado.

Para comprender los riesgos que supone una guerra civil para el futuro de Siria, hemos de entender que se trata de un país cuya composición religiosa presenta una peligrosa falla entre chiíes y suníes, enfrentados por su diferente concepción del Islam.  Tenemos así a la minoría alauita (que es una secta chiita), en la que se apoya una élite militar y burocrática que es la que sostiene al régimen, frente a una mayoría suní que ahora se rebela.  A la minoría alauita en el poder se unen también las minorías cristianas y drusa que temen las represalias que puedan sufrir por parte de los sunitas si estos llegasen a derrocar el régimen.

¿Pero por qué tiene el poder esta minoría? Para responderlo hemos de remontarnos al final de la I Guerra Mundial, cuando Francia establece un protectorado sobre Siria.  Para asegurarse un mejor control del país, estimuló las tendencias separatistas llegando a crear un auténtico estado independiente alauí, que duraría hasta la II Guerra Mundial.  Con la independencia, los granjeros alauíes, al abrigo de la ideología laicista y panarabista del partido Baaz, se fueron haciendo con todos los resortes del poder, incluidos las fuerzas armadas y el servicio de inteligencia.  El Baaz se hizo con el poder en 1963, y en 1970, uno de sus dirigentes, el general alauí Hafed el Assad, padre del actual gobernante, conquistó la presidencia.  Los alauíes, que ya eran la minoría hegemónica en el país, afianzaron aún más su poder a través del pacto que estableció Hafed el Assad con la burguesía suní de Damasco y Alepo: los alauíes llevarían las riendas del estado y los comerciantes suníes se dedicarían a sus negocios.

Alauíes y cristianos sirios han convivido pacíficamente con la mayoría suní durante décadas.  Pero el que la revuelta contra el Assad esté mayoritariamente protagonizada por suníes, y que las minorías alauí y cristiana se mantengan en general al lado del presidente, presagia lo peor.  En Homs los barrios suníes y alauíes están separados por puestos de control y se han cometido docenas de asesinatos sectarios. Por otro lado, resulta significativo que Alepo y Damasco, las dos grandes ciudades donde la burguesía mercantil suní se ha beneficiado del régimen, han permanecido hasta hace poco al margen de las revueltas. 

¿Por qué no interviene militarmente la comunidad internacional?

Una respuesta sencilla haría mención al veto de China y Rusia en el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero hay más: los intereses de los actores regionales – sunitas y chiitas – por ganar influencia en la zona, y el miedo de una parte importante de la comunidad internacional a que una intervención en siria acabe degenerando en una situación de caos insuperable. El precedente de la invasión de Irak tampoco ayuda.

La falla antes mencionada entre sunitas y chiitas en Siria es homologable con la que atraviesa todo el Oriente Próximo. De hecho, uno de los grandes miedos es que esta rivalidad presente en Siria se internacionalice con tropas de uno u otro bando, convirtiéndose en un conflicto regional de consecuencias imprevisibles.  La sombra de Irán es clave en estas percepciones. Desde el triunfo de la revolución islámica en 1979 que puso al mando al primer gobierno chií en un país musulmán, los dirigentes suníes del resto de países han mirado con recelo a su vecino persa. De ahí que la transferecia de poder en Irak consecuencia de la invasión estadounidense de 2003 haya causado temor en gran parte de los países árabes, que denunciaron que el nuevo liderazgo en Bagdad suponía la existencia de un “arco chií” que les daba continuidad geográfica desde Teherán hasta un Líbano dominado por Hezbolá, pasando por Siria. Irán, por su parte, acosado por sanciones internacionales debido a su programa nuclear, no está dispuesto a perder a uno de sus principales aliadosIgnacio Álvarez-Ossorio, profesor de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad de Alicante y autor de Siria contemporánea, traza alguno de los principales intereses en juego por parte de los países de la región:

  • Arabia Saudí: pretende exportar su modelo ultraortodoxo de Islam wahhabí al resto del mundo árabe y recuperar el terreno perdido en las últimas décadas para condicionar la labor de los gobiernos islamistas recién elegidos en Túnez y Egipto.
  • Irán: su objetivo es conservar a toda costa “el arco chií” e incluso extenderlo a otros países del golfo con población chií, como Bahrein. En este sentido hay que entender su intento de finalizar un programa nuclear que le consolidaría como potencia regional además de ser un arma disuasoria frente a sus grandes enemigos: Arabia Saudí, EE UU e Israel.
  • Líbano: Hezbolá, ahora en el gobierno, ha expresado un apoyo sin fisuras al presidente sirio y asumido como propia la tesis de un complot internacional e islamista, fomentado por Arabia Saudí y otros reinos del Pérsico, con la connivencia de EE UU. Lo que más le preocupa es que la caida de el Assad y una eventual llegada al poder de los suníes, apoyada por Ankara y Riad le deje aislado, revitalizando de paso a la comunidad suní libanesa.
  • Turquía: quiere ganar peso en la región y convertirse en un referente ideológico para los nuevos movimientos islamistas con su modelo de “islamodemocracia”, aunque está por ver si dicho modelo es realmente exportable a países muy diferentes.

Por otra parte, el veto ruso-chino a la intervención en Siria no puede entenderse sin aludir a los intereses estratégicos y comerciales que ambos países tienen con Siria, como afirma Ramón Lobo. El régimen sirio es uno de los últimos aliados de Rusia, procedente de la Guerra Fría, y también uno de sus principales clientes. Tanto rusos como chinos vieron como una derrota que su abstención en el caso de Libia sirviera para cambiar el régimen de Gadaffi. Ni uno ni otro quiere, por otra parte, sentar un precedente que podría ser empleado en un futuro cercano para intervenir en otros países (léase Irán), ni allanar el camino a EE UU para que refuerce su posición en la región.  No obstante, Moscú está intentando liderar unas conversaciones de paz con la oposición, conversaciones que creemos, cada día se vuelven más complicadas.

En un interesantísimo debate en The Economist, dos especialistas en Oriente Próximo se preguntan si la intervención militar de la comunidad internacional hará más daño que bien, o si por el contrario, es la única manera de acabar con el sufrimiento de la población, obligando a el Assad a dejar el poder. Ed Husain, miembro del Consejo de Estudios del Medio Oriente que asesora al Ministerio de Relaciones Exteriores británico, se muestra en contra de la intervención ya que: “la intervención militar en Siria está mal concebida, es cortoplacista, contraproducente, y probablemente generará más muertes y masacres de las que detendrá. (…) Siria es el hogar de variados y numerosos sectas religiosas, tribus, grupos étnicos y rivalidades históricas. En contraste con los levantamientos en Yemen, Egipto y Libia, no hemos sido testigos de defecciones políticas y militares de alto nivel dentro del país. Y las ciudades más grandes de Siria como Damasco y Alepo, han permanecido hasta ahora en relativa calma. Cualesquiera sean las razones; el miedo de, o un apoyo a Bashar al-Assad, la oposición no ha logrado movilizar a grupos clave dentro de Siria que nos hagan pensar que el régimen está perdiendo el control.” Husain considera que la política exterior no puede someterse al impulso moral o a la indignación, ya que “en un intento por detener la matanza de miles de personas en Siria, la intervención militar corre el riesgo de desatar fuerzas que podría matar a millones. (…) Con cristianos y otras minorías huyendo en todo el Oriente Medio, ¿es lo más adecuado poner en el poder a una disfuncional oposición sunita?” Por contra, Shadi Hamid, director de investigación del Centro Brookings de Doha y miembro del Centro Saban para Políticas sobre Medio Oriente, considera que “Una amenaza militar creíble es la única cosa factible, en este momento, para alterar los cálculos del régimen de Assad, que sigue apostando a que la comunidad internacional no podrá reunir la voluntad para intervenir. Lo mismo vale para los rusos, que, por ahora, simplemente no están dispuestos a ejercer presión real sobre Assad.” Hamid opina además que la amenaza militar es la mejor garantía para que la diplomacia funcione, evitando la masacre que lleva meses produciéndose contra el pueblo sirio: “una amenaza militar creíble, seguida, si es necesario, del establecimiento de “zonas seguras”, es también la mejor baza para impulsar la diplomacia internacional y evitar un punto muerto sin fin, o, peor, una guerra civil que divida al país durante los próximos años”.

Como afirma Álvarez-Ossorio, abandonado por el mundo árabe, asfixiado por las sanciones internacionales y estrangulado por una profunda crisis económica, todo parece indicar que, a pesar del apoyo iraní y ruso, el régimen de el Assad tiene los días contados. El gran perjudicado será, una vez más, la población civil, que deberá pagar con sangre el fin de esta cruenta espera.

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