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Egipto: Una revolución inacabada

Nueve meses después de la histórica revolución que derrocó a Hosni Mubarak, Egipto renueva los fantasmas de una revolución no terminada.  La plaza de Tahrir volvió a bullir a pocos días de las primeras elecciones democráticas mientras los ciudadanos se enfrentan a un futuro lleno de incógnitas y a la tutela de dos poderes de facto: el ejército y los Hermanos Musulmanes.

Después de las manifestaciones en Tahrir que acabaron con una dura represión y más de 39 muertos según fuentes oficiales, pocos esperaban que unas elecciones cuyo desarrollo pocos entienden y organizadas de forma caótica, fueran a tener el éxito que han demostrado, alcanzando en las ciudades donde se convocaron el 70% de la participación.

Y es que, pese a las muchas dudas que asaltan a una revolución que el ejército pretende guiar y los Hermanos Musulmanes capitalizar, la gente en Egipto desea vislumbrar el final de el largo tunel de represión y falta de libertades sufrido tras sesenta años de dictadura militar.  No parece importar tanto cómo se llegue, sino que se consiga llegar.

Sin embargo, el peligro cierto de que por el camino se caigan algunas de las reivindicaciones de Tahrir, lleva a muchos a desconfiar de la voluntad de Mohamed Tantaui, mariscal jefe de las fuerzas armadas, de ceder el poder en junio de 2012, una vez sea elegido por las urnas el presidente de Egipto, en la última fase del proceso constituyente que hoy se abre.

La razón para estas sospechas está en un documento presentado a principios de noviembre, que contenía la idea de que el ejército mantendría en el nuevo estado su independencia y prerrogativas supraconstitucionales, lo que le convertiría de hecho en un cuarto poder sin necesidad de rendir cuentas al Parlamento en cuanto a su presupuesto o en cuanto a cuestiones militares como la declaración de la guerra.  Sería, pues, un árbitro de los gobiernos, algo parecido al papel del ejército en la Turquía a comienzos de siglo, en la doctrina que se conoció como Kemalismo. Por su parte, en un reciente informe, Amnistía Internacional ha criticado duramente al consejo militar, afirmando que desde la caída de Mubarak las violaciones de derechos humanos y los juicios injustos no han hecho sino aumentar.

La otra gran incógnita es el papel que estarán llamados a realizar los Hermanos Musulmanes en el futuro, después de que casi todas las quinielas les supongan ganadores por amplia mayoría en las elecciones.  Es importante destacar que con dicha mayoría en la Asamblea Popular serán ellos los principales encargados de redactar una nueva constitución y será entonces cuando se podrá saber hasta donde llegan sus aspiraciones democráticas.  Al respecto, los islamistas han intentado tranquilizar, afirmando que no desean más religión que la que ya contemplaba la constitución, y que defenderán un estado láico, si bien, gobernado por la sharia, o ley islámica, lo cual no deja de ser un contrasentido.

En cualquier caso, las elecciones avanzan en una extraña simbiosis entre un ejército que necesita a los Hermanos Musulmanes y a los islamistas más moderados para justificar ante las minorías cristianas y láicas su papel de protector, y unos islamistas que necesitan al ejército para que el largo y complicado proceso electoral se complete con éxito, sabedores de que las urnas les otorgarán el poder político.  Entre tanto, el mundo observa con atención a un país que, dependiendo del giro que tome, puede cambiar por completo el equilibrio de fuerzas en un área tan inestable como es Oriente Próximo.