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Oriente Próximo

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Siria: Dos preguntas

La situación siria ha entrado en un callejón sin salida. Cuando se cumple el primer aniversario del levantamiento popular inspirado en la primavera árabe de Túnez y Egipto, el régimen de el Assad está decidido a resistir a cualquier precio, no dudando en sacar la artillería pesada para aplastar las revueltas que tienen su epicentro en Homs. Mientras, la comunidad internacional asiste impotente debido en parte al veto de China y Rusia de cualquier intervención militar. ¿Hay algo más que se pueda hacer? ¿Llegarán a tiempo las fuerzas de la ONU de evitar una guerra civil, que algunos consideran que existe ya de facto?

“Siria no es una primavera. Siria es, sobre todo, un tablero en el que se libra una partida que afecta a toda la región. En un bando se encuentran Arabia Saudí, las monarquías del golfo y Turquía (además de EE UU y la UE); en el otro, el régimen de Bashar el Assad, Irán, Hezbolá y Hamás…”

Así comentaba Ramón Lobo la situación siria en su blog para mostrarnos el complejo entramado de intereses estratégicos que se ponen en juego en torno a la cuestión siria y que ponen en jaque cualquier tipo de solución unánime y pactada por parte de las partes implicadas. Para comprender bien las dificultades, es necesario conocer tanto la situación interna del país, con una revuelta que presenta muchas dudas, como la situación de los países de la región, ya que todos se juegan algo en el futuro de Siria.

Y es que la situación en Siria se puede sintetizar a grandes rasgos intentando responder a dos preguntas clave:

¿Cuándo se le podrá llamar guerra civil al levantamiento que está sufriendo Siria?

En Siria nos encontramos con dos rebeliones paralelas: por un lado, la resistencia pacífica que viene utilizando técnicas bien conocidas de desobediencia civil ya utilizadas en Túnez y Egipto, como  las manifestaciones fugaces y espontáneas en diferentes puntos del país, y por otro lado, la rebelión armada, compuesta en gran medida por desertores del ejército, organizada en torno al Ejército Libre Sirio (ELS). La segunda forma de rebelión, consecuencia de la insuficiencia de la primera para lograr sus objetivos, va ganando adeptos día a día y hace temer que en el país estalle una guerra civil abierta.  Otros consideran que esta guerra ya ha empezado.

Para comprender los riesgos que supone una guerra civil para el futuro de Siria, hemos de entender que se trata de un país cuya composición religiosa presenta una peligrosa falla entre chiíes y suníes, enfrentados por su diferente concepción del Islam.  Tenemos así a la minoría alauita (que es una secta chiita), en la que se apoya una élite militar y burocrática que es la que sostiene al régimen, frente a una mayoría suní que ahora se rebela.  A la minoría alauita en el poder se unen también las minorías cristianas y drusa que temen las represalias que puedan sufrir por parte de los sunitas si estos llegasen a derrocar el régimen.

¿Pero por qué tiene el poder esta minoría? Para responderlo hemos de remontarnos al final de la I Guerra Mundial, cuando Francia establece un protectorado sobre Siria.  Para asegurarse un mejor control del país, estimuló las tendencias separatistas llegando a crear un auténtico estado independiente alauí, que duraría hasta la II Guerra Mundial.  Con la independencia, los granjeros alauíes, al abrigo de la ideología laicista y panarabista del partido Baaz, se fueron haciendo con todos los resortes del poder, incluidos las fuerzas armadas y el servicio de inteligencia.  El Baaz se hizo con el poder en 1963, y en 1970, uno de sus dirigentes, el general alauí Hafed el Assad, padre del actual gobernante, conquistó la presidencia.  Los alauíes, que ya eran la minoría hegemónica en el país, afianzaron aún más su poder a través del pacto que estableció Hafed el Assad con la burguesía suní de Damasco y Alepo: los alauíes llevarían las riendas del estado y los comerciantes suníes se dedicarían a sus negocios.

Alauíes y cristianos sirios han convivido pacíficamente con la mayoría suní durante décadas.  Pero el que la revuelta contra el Assad esté mayoritariamente protagonizada por suníes, y que las minorías alauí y cristiana se mantengan en general al lado del presidente, presagia lo peor.  En Homs los barrios suníes y alauíes están separados por puestos de control y se han cometido docenas de asesinatos sectarios. Por otro lado, resulta significativo que Alepo y Damasco, las dos grandes ciudades donde la burguesía mercantil suní se ha beneficiado del régimen, han permanecido hasta hace poco al margen de las revueltas. 

¿Por qué no interviene militarmente la comunidad internacional?

Una respuesta sencilla haría mención al veto de China y Rusia en el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero hay más: los intereses de los actores regionales – sunitas y chiitas – por ganar influencia en la zona, y el miedo de una parte importante de la comunidad internacional a que una intervención en siria acabe degenerando en una situación de caos insuperable. El precedente de la invasión de Irak tampoco ayuda.

La falla antes mencionada entre sunitas y chiitas en Siria es homologable con la que atraviesa todo el Oriente Próximo. De hecho, uno de los grandes miedos es que esta rivalidad presente en Siria se internacionalice con tropas de uno u otro bando, convirtiéndose en un conflicto regional de consecuencias imprevisibles.  La sombra de Irán es clave en estas percepciones. Desde el triunfo de la revolución islámica en 1979 que puso al mando al primer gobierno chií en un país musulmán, los dirigentes suníes del resto de países han mirado con recelo a su vecino persa. De ahí que la transferecia de poder en Irak consecuencia de la invasión estadounidense de 2003 haya causado temor en gran parte de los países árabes, que denunciaron que el nuevo liderazgo en Bagdad suponía la existencia de un “arco chií” que les daba continuidad geográfica desde Teherán hasta un Líbano dominado por Hezbolá, pasando por Siria. Irán, por su parte, acosado por sanciones internacionales debido a su programa nuclear, no está dispuesto a perder a uno de sus principales aliadosIgnacio Álvarez-Ossorio, profesor de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad de Alicante y autor de Siria contemporánea, traza alguno de los principales intereses en juego por parte de los países de la región:

  • Arabia Saudí: pretende exportar su modelo ultraortodoxo de Islam wahhabí al resto del mundo árabe y recuperar el terreno perdido en las últimas décadas para condicionar la labor de los gobiernos islamistas recién elegidos en Túnez y Egipto.
  • Irán: su objetivo es conservar a toda costa “el arco chií” e incluso extenderlo a otros países del golfo con población chií, como Bahrein. En este sentido hay que entender su intento de finalizar un programa nuclear que le consolidaría como potencia regional además de ser un arma disuasoria frente a sus grandes enemigos: Arabia Saudí, EE UU e Israel.
  • Líbano: Hezbolá, ahora en el gobierno, ha expresado un apoyo sin fisuras al presidente sirio y asumido como propia la tesis de un complot internacional e islamista, fomentado por Arabia Saudí y otros reinos del Pérsico, con la connivencia de EE UU. Lo que más le preocupa es que la caida de el Assad y una eventual llegada al poder de los suníes, apoyada por Ankara y Riad le deje aislado, revitalizando de paso a la comunidad suní libanesa.
  • Turquía: quiere ganar peso en la región y convertirse en un referente ideológico para los nuevos movimientos islamistas con su modelo de “islamodemocracia”, aunque está por ver si dicho modelo es realmente exportable a países muy diferentes.

Por otra parte, el veto ruso-chino a la intervención en Siria no puede entenderse sin aludir a los intereses estratégicos y comerciales que ambos países tienen con Siria, como afirma Ramón Lobo. El régimen sirio es uno de los últimos aliados de Rusia, procedente de la Guerra Fría, y también uno de sus principales clientes. Tanto rusos como chinos vieron como una derrota que su abstención en el caso de Libia sirviera para cambiar el régimen de Gadaffi. Ni uno ni otro quiere, por otra parte, sentar un precedente que podría ser empleado en un futuro cercano para intervenir en otros países (léase Irán), ni allanar el camino a EE UU para que refuerce su posición en la región.  No obstante, Moscú está intentando liderar unas conversaciones de paz con la oposición, conversaciones que creemos, cada día se vuelven más complicadas.

En un interesantísimo debate en The Economist, dos especialistas en Oriente Próximo se preguntan si la intervención militar de la comunidad internacional hará más daño que bien, o si por el contrario, es la única manera de acabar con el sufrimiento de la población, obligando a el Assad a dejar el poder. Ed Husain, miembro del Consejo de Estudios del Medio Oriente que asesora al Ministerio de Relaciones Exteriores británico, se muestra en contra de la intervención ya que: “la intervención militar en Siria está mal concebida, es cortoplacista, contraproducente, y probablemente generará más muertes y masacres de las que detendrá. (…) Siria es el hogar de variados y numerosos sectas religiosas, tribus, grupos étnicos y rivalidades históricas. En contraste con los levantamientos en Yemen, Egipto y Libia, no hemos sido testigos de defecciones políticas y militares de alto nivel dentro del país. Y las ciudades más grandes de Siria como Damasco y Alepo, han permanecido hasta ahora en relativa calma. Cualesquiera sean las razones; el miedo de, o un apoyo a Bashar al-Assad, la oposición no ha logrado movilizar a grupos clave dentro de Siria que nos hagan pensar que el régimen está perdiendo el control.” Husain considera que la política exterior no puede someterse al impulso moral o a la indignación, ya que “en un intento por detener la matanza de miles de personas en Siria, la intervención militar corre el riesgo de desatar fuerzas que podría matar a millones. (…) Con cristianos y otras minorías huyendo en todo el Oriente Medio, ¿es lo más adecuado poner en el poder a una disfuncional oposición sunita?” Por contra, Shadi Hamid, director de investigación del Centro Brookings de Doha y miembro del Centro Saban para Políticas sobre Medio Oriente, considera que “Una amenaza militar creíble es la única cosa factible, en este momento, para alterar los cálculos del régimen de Assad, que sigue apostando a que la comunidad internacional no podrá reunir la voluntad para intervenir. Lo mismo vale para los rusos, que, por ahora, simplemente no están dispuestos a ejercer presión real sobre Assad.” Hamid opina además que la amenaza militar es la mejor garantía para que la diplomacia funcione, evitando la masacre que lleva meses produciéndose contra el pueblo sirio: “una amenaza militar creíble, seguida, si es necesario, del establecimiento de “zonas seguras”, es también la mejor baza para impulsar la diplomacia internacional y evitar un punto muerto sin fin, o, peor, una guerra civil que divida al país durante los próximos años”.

Como afirma Álvarez-Ossorio, abandonado por el mundo árabe, asfixiado por las sanciones internacionales y estrangulado por una profunda crisis económica, todo parece indicar que, a pesar del apoyo iraní y ruso, el régimen de el Assad tiene los días contados. El gran perjudicado será, una vez más, la población civil, que deberá pagar con sangre el fin de esta cruenta espera.

Las tres guerras de Irán

En los últimos días Irán amenaza con cerrar el estrecho de Ormuz, por donde pasa una cuarta parte de las importaciones mundiales de petróleo. Es la respuesta del régimen de los ayatolás a las nuevas sanciones de Estados Unidos y la UE, y se enmarca en un contexto de máxima tensión donde se juegan tres partidas simultáneas y solapadas: la diplomática, la económica, y la más oscura de los servicios secretos.

Las cosas se complican en Teherán.  La república islámica afronta nuevas sanciones como resultado de sus planes de seguir con su programa nuclear.  No parecen importar las promesas del régimen de que dicho programa sólo persigue fines pacíficos, ni los datos de servicios secretos que aseguran que todavía queda tiempo para que Irán cuente con su propia bomba nuclear.  Estados Unidos primero y la Unión Europea después, van consiguiendo sumar a más países al bloqueo económico. Algunos, sin embargo, se preguntan si el endurecimiento de las sanciones es la mejor solución para lidiar con el régimen iranio.

Según informa New York Times, la administración Obama habría mantenido contactos con el líder supremo Alí Jamenei, con el fín de dejarle claro que un bloqueo del estrecho de Ormuz – punto estratégico que conecta el Golfo de Persia con el Golfo de Omán, y por donde pasa el 40% de la producción petrolera mundial – supondría una “línea roja” que no están dispuestos a tolerar.  Hay que decir que dicho estrecho mide entre 60 y 100 kilómetros de anchura, por lo que es extremadamente fácil de cerrar, si bien no está claro si dicho bloqueo podría interesar al régimen iraní, que paradójicamente podría ser uno de los principales afectados del mismo.

fuenteGlobedia

Lo que en cualquier caso parece claro es que nos encontramos ante un episodio más de un conflicto; la guerra entre Irán y el resto del mundo, con Estados Unidos y la UE a la cabeza, que se juega en tres terrenos de juego:

La guerra diplomática

El Consejo de Seguridad de la ONU ha adoptado entre 2006 y 2010 seis resoluciones sobre Irán, de las cuales cuatro promulgaban sanciones en virtud del capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas, relativo a “casos de amenaza de la paz, ruptura de la paz y actos de agresión”.  Teherán se negó a suspender sus actividades de enriquecimiento de uranio, con lo que las sanciones fueron creciendo de una resolución a otra.  En la última, la del 9 de junio de 2010 (1929) contó con la oposición de Turquía y Brasil, que votaron en contra por estar a favor de una vía que intensificase el diálogo con Teherán, sobre la base de permitir ciertas contrapartidas como la compra de combustible para un pequeño reactor de investigación.  Sin embargo, la resolución salió adelante e incluso consiguió el apoyo de China y Rusia, tradicionalmente reacios a sancionar a Irán. 

En el terreno regional y en el marco de su lucha por la supremacía en Próximo Oriente, no hay que olvidar que la mal llamada primavera árabe y sus efectos inciertos sobre el régimen sirio de Al Assad, podrían dejar sin uno de sus principales aliados a Irán, en un momento clave en su pulso con Occidente, y de creciente desprestigio ante su población, tras el fraude electoral de 2009.

En Estados Unidos, Obama, embarcado en plena precampaña electoral, es acusado por unos de “blando” y por otros de haber cerrado la vía negociadora demasiado pronto, dejando en un “todo o nada” las posibilidades de resolución pacífica del conflicto con Irán, en palabras de Trita Parsi recogidas por The Economist. También hay quienes consideran que no se ha hecho lo suficiente para contactar con el movimiento verde en oposición a Ahmadineyad. Para ser justos, habría que reconocer que, a diferencia de lo ocurrido en Egipto con la revuelta contra Mubarak, Estados Unidos apenas posee influencia sobre el terreno en Irán, donde el sentimiento antiamericano es muy fuerte y un apoyo suyo declarado podría debilitar a la oposición en vez de ayudarla.

 La guerra económica

Las sanciones internacionales contra Irán se focalizan en sectores clave como defensa (embargo de compras iraníes de armamento, restricciones de viajar a personalidades iraníes relacionadas con el programa nuclear), financiero (congelación de fondos a entidades y personalidades, prohibición de inversiones) y del petróleo (trabas a las importaciones y exportaciones).

Desde finales de 2011, Estados Unidos viene promoviendo una campaña cuyo objetivo claro es neutralizar el peso de Irán como exportador de petróleo, además de prepararse para un eventual cese del suministro iraní. 

La UE por su parte, está adoptando estos días un acuerdo para prohibir la mayoría de transacciones con el Banco Central de Irán. Además, los 27 han decidido pactar un embargo sin precedentes sobre las exportaciones de petróeo iraní a Europa.  Se trataría de un duro golpe, ya que Europa es el principal cliente de Irán.  Dicho embargo, de concretarse, entraría en vigor el 1 de julio.

La pretensión de estas sanciones era, y sigue siendo, desestabilizar al régimen iraní obligándole ante la precaria situación económica producida por las sanciones, a rectificar para mantener el favor de su pueblo, especialmente descontento desde 2009 por el fraude electoral en la reelección de Ahmadineyad.   Sin embargo, también es posible que esto no suceda y que la población reaccione ante las duras sanciones estadounidenses posicionándose incondicionalmente al lado de los suyos, al considerarlos víctimas de un injusto boicot internacional.

La guerra secreta

El asesinato de un científico nuclear en Irán, el quinto desde 2007, es un episodio más de una guerra subrepticia por retrasar  las posibilidades de que el régimen iraní desarrolle finalmente “la bomba”.  Dentro de estos ataques se incluiría el virus informático stuxnet, y numerosas y no aclaradas explosiones en bases militares, una de las cuales acabó con la vida del oficial responsable del desarrollo balístico iraní.

Como afirma el Telegraph, no parece que estos sucesos sean casuales, sino que la sofisticación de los mismos recuerdan el sello de los servicios de espionaje de Occidente.  Como ejemplo, el caso de Ahmadi-Roshan, en el que una pequeña bomba magnética colocada por un ciclista en su coche, diseñada para matar a sus ocupantes causando el mínimo daño alrededor, recuerda a un sistema ya utilizado por los servicios de inteligencia aliados en la Segunda Guerra Mundial.

Además, resulta interesante la hipótesis que sostienen algunos analistas como Javier Valenzuela de que el ala más radical de Israel desearía implicar a Estados Unidos en un ataque contra Irán. En línea con esta tesis, tenemos una noticia recogida en Foreign Policy de que miembros del Mossad se hicieron pasar por agentes de la CIA con el fin de recultar a nuevos agentes en operaciones contra la República Islámica. En el mundo del espionaje, el utilizar una falsa nacionalidad se conoce como “falsa bandera”, táctica en la que el Mossad es especialista.

Egipto: Una revolución inacabada

Nueve meses después de la histórica revolución que derrocó a Hosni Mubarak, Egipto renueva los fantasmas de una revolución no terminada.  La plaza de Tahrir volvió a bullir a pocos días de las primeras elecciones democráticas mientras los ciudadanos se enfrentan a un futuro lleno de incógnitas y a la tutela de dos poderes de facto: el ejército y los Hermanos Musulmanes.

Después de las manifestaciones en Tahrir que acabaron con una dura represión y más de 39 muertos según fuentes oficiales, pocos esperaban que unas elecciones cuyo desarrollo pocos entienden y organizadas de forma caótica, fueran a tener el éxito que han demostrado, alcanzando en las ciudades donde se convocaron el 70% de la participación.

Y es que, pese a las muchas dudas que asaltan a una revolución que el ejército pretende guiar y los Hermanos Musulmanes capitalizar, la gente en Egipto desea vislumbrar el final de el largo tunel de represión y falta de libertades sufrido tras sesenta años de dictadura militar.  No parece importar tanto cómo se llegue, sino que se consiga llegar.

Sin embargo, el peligro cierto de que por el camino se caigan algunas de las reivindicaciones de Tahrir, lleva a muchos a desconfiar de la voluntad de Mohamed Tantaui, mariscal jefe de las fuerzas armadas, de ceder el poder en junio de 2012, una vez sea elegido por las urnas el presidente de Egipto, en la última fase del proceso constituyente que hoy se abre.

La razón para estas sospechas está en un documento presentado a principios de noviembre, que contenía la idea de que el ejército mantendría en el nuevo estado su independencia y prerrogativas supraconstitucionales, lo que le convertiría de hecho en un cuarto poder sin necesidad de rendir cuentas al Parlamento en cuanto a su presupuesto o en cuanto a cuestiones militares como la declaración de la guerra.  Sería, pues, un árbitro de los gobiernos, algo parecido al papel del ejército en la Turquía a comienzos de siglo, en la doctrina que se conoció como Kemalismo. Por su parte, en un reciente informe, Amnistía Internacional ha criticado duramente al consejo militar, afirmando que desde la caída de Mubarak las violaciones de derechos humanos y los juicios injustos no han hecho sino aumentar.

La otra gran incógnita es el papel que estarán llamados a realizar los Hermanos Musulmanes en el futuro, después de que casi todas las quinielas les supongan ganadores por amplia mayoría en las elecciones.  Es importante destacar que con dicha mayoría en la Asamblea Popular serán ellos los principales encargados de redactar una nueva constitución y será entonces cuando se podrá saber hasta donde llegan sus aspiraciones democráticas.  Al respecto, los islamistas han intentado tranquilizar, afirmando que no desean más religión que la que ya contemplaba la constitución, y que defenderán un estado láico, si bien, gobernado por la sharia, o ley islámica, lo cual no deja de ser un contrasentido.

En cualquier caso, las elecciones avanzan en una extraña simbiosis entre un ejército que necesita a los Hermanos Musulmanes y a los islamistas más moderados para justificar ante las minorías cristianas y láicas su papel de protector, y unos islamistas que necesitan al ejército para que el largo y complicado proceso electoral se complete con éxito, sabedores de que las urnas les otorgarán el poder político.  Entre tanto, el mundo observa con atención a un país que, dependiendo del giro que tome, puede cambiar por completo el equilibrio de fuerzas en un área tan inestable como es Oriente Próximo.

El largo conflicto entre Israel y Palestina

Mahmoud Abbas ha presentado la  semana pasada una petición a la ONU para que Palestina pueda ser reconocida como estado miembro.  Es un buen momento para repasar los puntos clave del conflicto entre Israel y Palestina.  Un conflicto que se extiende ya durante más de sesenta años.

Las conversaciones de paz se encuentran estancadas desde hace años en aspectos en los que el presidente de Israel, Benjamin Netanyahu no admite discusión, como la soberanía palestina dentro de las fronteras previas a la guerra de 1967, lo que incluye la actual Cisjordania, Gaza y la capital en Jerusalén Este.

A esto hay que añadir la paralización de asentamientos como condición palestina sine quae non para restablecer los cauces del diálogo, además de la difícil situación de los refugiados, más de cinco millones desde 1948.

En noviembre de 1967 Naciones Unidas adoptó la resolución 242 por la que urgía a Israel a retirar su ejército de los territorios ocupados durante la Guerra de los Seis Dias y a los países árabes a respetar y reconocer el derecho de Israel a vivir en paz en el interior de las fronteras reconocidas internacionalmente.

Los tratados de Oslo de 1993 preveían devolver a los palestinos la mayor parte del territorio ocupado en 1967.  Sin embargo, mantenía la soberanía israelí sobre un gran número de asentamientos judios dispersados por dicho territorio y ocupado en su mayoría por sionistas.  Según el pacto, las carreteras que unen estos núcleos permanecerían bajo control israelí.  Pronto se hizo patente que la incomunicación entre las diversas ciudades palestinas iba a hacer de Palestina un estado inviable económica y socialmente.

Recordemos en los siguientes mapas cuales han sido las diferentes fronteras entre los dos territorios:


 
 Los mapas utilizados en este post son propiedad de BBC Mundo

Por el contrario, Israel considera indefendibles estas fronteras, sin hablar de la realidad de los 150.000 israelíes que tras los diversos asentamientos de colonos, viven en Cisjordania dentro de la línea verde

Se argumenta por parte israelí que la resolución 242 de la ONU es lingüísticamente ambigua y no deja claro si las fuerzas de Israel deben irse de los territorios ocupados en la guerra (versión francesa), o tan solo de parte de esos territorios (versión inglesa).  El único territorio abandonado por Israel de momento es la Franja de Gaza, de la que controla en todo caso las fronteras y el espacio aéreo.

La situación de Jerusalen, ciudad santa tanto para árabes como para israelíes, es otro de los puntos clave en disputa.  La ONU pretendió darle un estatus internacional, administrada por Naciones Unidas.  Sin embargo, la ciudad quedó dividida en dos partes tras la guerra de independencia israelí de 1948.  La parte occidental de Jerusalén fue proclamada capital de Israel en 1950.  La parte Este de la ciudad, que incluía la Ciudad Vieja, quedó en un principio bajo control jordano.  Durante la guerra de los Seis Días, Israel conquistó la parte oriental de la ciudad y la unificó calificando desde 1980 a Jerusalén como  “la capital eterna  e indivisible de Israel” Dicha declaración fue contestada por la ONU que en la resolución 478 invalida dicha afirmación recomendando a sus miembros que sitúen sus embajadas en Tel Aviv.

Actualmente la ONU sigue considerando que el estatus de Jerusalén es el de una ciudad internacional cuya soberanía debe ser resuelta en futuras negociaciones palestino-israelíes por lo que considera una “ocupación ilegal” el control israelí sobre Jerusalén Este.

Israel suele aducir como argumento para el estancamiento de las negociaciones el hecho de que un posible estado de Palestina no podrá garantizar en el futuro la seguridad de la parte israelí.

A favor de esta tesis estaría el hecho de que, si bien la ANP (Autoridad Nacional de Palestina) ha reconocido el estado de Israel, el grupo Hamas no lo ha hecho, siendo vencedores de las últimas elecciones y poseyendo el control de la franja de Gaza, desde donde los ataques con cohetes a ciudades israelíes cercanas son habituales.

Israel y Estados Unidos sostienen en contra del reconocimiento de Palestina en la ONU que el estado palestino solo puede nacer de una negociación previa entre israelíes y palestinos, sin embargo, esta afirmación choca con otras anteriores, como cuando se convocó hace años al cuarteto (ONU, Estados Unidos, UE y Rusia), para que estableciera una hoja de ruta para las negociaciones, poniendo de manifiesto que sin el arbitrio internacional un acuerdo bilateral entre partes tan desiguales tiene pocas posibilidades de éxito.

El mapa político está cambiando radicalmente con las revueltas árabes de los últimos meses.  Egipto ha retirado embajadores, la relación con Turquía, otrora su gran aliado, vive horas bastante frías.  El balance de fuerzas en la región está cambiando y amenaza con dejar a Israel sin amigos.

A esto hay que añadir que la juventud israelí, los indignados de este país, está cansada del coste económico de un estado en permanente estado de defensa. Como afirma Ignacio Sotelo, todavía “no han caído en la cuenta de que sus reivindicaciones sociales solo podrán ser en parte satisfechas cuando los ortodoxos no sigan soñando con el gran Israel y un ejército omnipoderoso deje de estar convencido de que puede controlar indefinidamente los territorios ocupados.”

QUIÉN ES QUIÉN

BENJAMIN NETANYAHU
Primer Ministro de Israel desde marzo del 2009. Tiene 61 años.
Combatió en la guerra de Yom Kippur y es el primer presidente israelí que nació después de la creación del estado.
Es miembro del partido conservador Likud
Ya fue primer ministro entre los años 1996 y 1999 aprovechándose de la inseguridad desatada por una ola de violencia del terrorismo palestino que desbancó del poder a los laboristas.
Contrario al plan de evacuación de los asentamientos israelíes de Gaza de 2004, dimitió de su cargo de ministro de finanzas cuando dicho plan se aprobó.
Opositor declarado de las políticas de Ariel Sharon, decidió presentar su candidatura par volver a dirigir el Likud en 2005. Tras la disolución de la coalición de gobierno, Ariel Sharon disolvió las cortes y fundó un nuevo partido de centro derecha, el Kadima.
La fuga de la mayor parte de altos cargos al partido de Sharon dejó la vía expedita para que Netanyahu recuperase el mando del Likud
En las elecciones del 10 de febrero del 2009 el Likud obtuvo 27 escaños en la knesset, uno menos que el principal rival, Kadima. Sin embargo, sumando a los partidos de derecha y a los ultraortodoxos, Netanyahu obtuvo mayor apoyo que Tzipi Livni de Kadima para formar gobierno, logrando que 65 miembros de la knesset lo recomendaran ante el Presidente, Shimon Peres. Peres decidió designar a Netanyahu como Primer Ministro. El 30 de marzo del 2009 asumió el cargo.  

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FATAH
El nombre Fatah es un acrónimo escrito al revés de Harakat al Tahrir al Filistiya (movimiento para la liberación de Palestina) que significa “conquista” en árabe.
Fue fundado por Yasser Arafat en los años 50 como un movimiento armado en contra de la ocupación palestina.
Con el tiempo se convirtió en la facción política más importante en palestina, y luego de reconocer el estado de Israel lideró los esfuerzos en las conversaciones de paz de Oslo en 1993.
Los integrantes de Fatah forman la espina dorsal de la autoridad palestina, el gobierno palestino que surgió de los acuerdos de Oslo.
El partido perdió las elecciones parlamentarios de 2006
Después de meses de lucha en las calles, Fatah llegó a un acuerdo de gobierno con Hamas.          

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MAHMOUD ABBAS
Mahmoud Abbas -también conocido como Abu Mazen- es el primer presidente de la Autoridad Nacional Palestina tras el fallecimiento de Yasser Arafat.  Tiene 76 años
Tras la muerte del histórico líder palestino, fue nombrado presidente ejecutivo de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP),
Abbas es uno de los cofundadores de al-Fatah junto a Arafat, a quien acompañó en el exilio en Jordania, Líbano y Túnez.
Es también uno de los responsables de los acuerdos de paz de Oslo y acompañó a Arafat a la Casa Blanca en 1993 para firmar el pacto.
Como candidato de Fatah, obtuvo una victoria arrolladora en las elecciones para la presidencia de la ANP en 2005.  Sin embargo recibió como herencia un partido dividido y acusado de nepotismo, al que faltaba la figura unificadora de Arafat.
Por otra parte, la victoria de Hamas en las elecciones legislativas le hizo perder influencia y poder en el parlamento.
Sin embargo Ismail Haniya, primer ministro de Hamas se vio obligado ante el aislamiento internacional a establecer un pacto de gobierno con Fatah en 2007.
El pacto se rompió poco después y el resultado fue la división del territorio entre los dos poderes: Hamas se quedó con Gaza y Fatah con Cisjordania.
Esto le permitió a Abbas poder volver a ser la voz de los palestinos en la comunidad internacional.
Su actual posición al frente de Fatah es la de intentar relanzar las conversaciones de paz con Israel, sobre la base de las fronteras previas a 1967 que asegurarían un estado palestino independiente en la franja de Gaza y Cisjordania, con Jerusalén Este como capital.

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HAMAS
Su nombre es un acrónimo de Harakat al-Muqawama al –Islamiya (movimiento Islámico de Resistencia) que también significa “ardor” o “entusiasmo” en árabe.
Es una rama de los Hermanos Musulmanes, comprometida con establecer un estado Islámico en la totalidad de lo que fueran los territorios palestinos (Gaza y Cisjordania).
Hamas esta dividido en dos grandes áreas de acción:  una incluye los programas sociales, la construcción de escuelas, hospitales y centros religiosos, y la otra se basa en operativos armados contra objetivos israelíes, llevados a cabo por brigadas secretas.
Probablemente gran parte de su éxito entre la población palestina se deba a su presencia en pueblos y campos de refugiados, donde ha organizado servicios sociales y distribuido ayuda humanitaria.
Sus continuos ataques contra objetivos en Israel le han llevado a ser calificada como organización terrorista por Israel, Estados Unidos y Unión Europea
Si bien el estatuto de Hamas busca la destrucción del estado de Israel, el actual lider y primer ministro de Hamas, Ismail Haniya dice estar dispuesto a llegar a una tregua con Israel en el caso de que se retire de los territorios ocupados desde 1967.                                                                                                                    

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ISMAIL HANIYA
Ismail Haniya lideró la lista de candidatos de la organización radical Hamas que logró una sorpresiva victoria en las elecciones legislativas de enero
Haniya de 43 años, es conocido públicamente por su cercanía con el líder espiritual de Hamas, el difunto jeque Ahmed Yassin.
Después de que Israel liberarara al jeque Yassin en 1997, Haniya fue designado como su asistente.
La cercana relación entre estos dos hombres hizo que Haniya adquiriera un rol cada vez más protagónico en el interior del movimiento y se convirtiera en el representante de la organización frente a la Autoridad Palestina.  Así pues, Haniya fue elegido como el hombre que lideraría la campaña en las elecciones de junio de 2005.
La sorpresiva victoria de Hamas en los comicios abrió el camino para que Haniya fuera nombrado como el nuevo primer ministro palestino.                                                                                                                        

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EL CUARTETO
El Cuarteto de Madrid, también llamado Cuarteto de Oriente Medio, Cuarteto Diplomático o, simplemente, El Cuarteto es un grupo de cuatro naciones y entidades supranacionales involucradas en la proceso de paz del conflicto árabe-israelí. El cuarteto lo forman los Estados Unidos, Rusia, la Unión Europea y las Naciones Unidas. El grupo fue fundado en la ciudad de Madrid en el año 2002 como resultado de una escalada en el conflicto de Oriente Medio.

Los representantes son:

Ban Ki-moon, Secretario General
Catherine Ashton, Alto Representante para la Política Exterior y de Seguridad Común
Sergéi Lavrov, Ministro de Asuntos exteriores (en inglés)
Hilary Clinton, Secretario de Estado
Enviado especial — Tony Blair 

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